Milagros Ausentes


Rosas...

Rosas…

Parte de mi niñez la viví en un pequeño (y por ende católico) pueblo de mi bello país. Cierto día, la monotonía y la calma de la comarca fue trastornada por la marea humana que presurosa se dirigía hacia la única iglesia del lugar:
Había ocurrido un milagro.

Beatas mujeres dejaron de lado el chismorreo diario, mientras los rostros quemados por el sol de los hombres del sector se llenaban de asombro y esperanza; pues el mismísimo Hijo de Dios había decidido aparecer en toda su gloria…
en un ramo de rosas rojas…

¡Sí, en la flor central de un arreglo de la capilla!

No lejos de allí, un niño bastante delgado que miraba asombrado el tumulto, pero con dudas, fue animado por sus primos a dejar el balón de fútbol para correr hacia el templo y verificar si los rumores eran ciertos.

Eran vacaciones, el tiempo lo dividían entre jugar en la calle e ir al río a nadar o probar suerte pescando.

Ingresaron presurosos los primos, pero al llegar notaron que la conmoción era grande. El recinto estaba lleno y las flores no podían ser vistas desde donde se encontraban. Pero la curiosidad pudo más. Valiéndose de su delgadez atravesaron el mar de feligreses hasta que llegaron al frente mientras miraban asombrados a sus vecinos persignándose una y otra vez sin parar, mientras se entonaban cánticos y una que otra viejita se golpeaba el pecho al son de por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa… ésta última imagen resultó un tanto tétrica para los jovenzuelos.

Conforme avanzaba la tarde y disminuía el calor de ese verano de finales de los noventa, los ánimos seguían en alza pero los números iban menguando. Uno tras otro salían de allí con una sonrisa de satisfacción, con un anhelo de días mejores: “Este año será mejor, habrán copiosas lluvias y la cosecha será abundante…” decían los paisanos agricultores; no faltaron las lágrimas.

Pero, ¿y los niños? ¿qué fue de ellos? Los inocentes aquellos de los cuales se dice que el apóstol Marcos (o quien sea) registró las palabras del maestro diciendo:

Dejen que los niños vengan a Mí

Acá es donde la memoria se comprueba frágil, es imposible recordar la actitud concreta de los primos del muchacho en cuestión, pero una cosa es segura, el jovenzuelo jamás vio algo en la flor que al menos simulara la figura caucásica (casi Hollywoodense y de porte heroico-galante) que las películas le atribuían al Mesías.

Y así, mientras el grueso de la población veía incluso la corona de espinas del salvador, el protagonista de este relato no vio más allá de un bello ramo de rosas que las limosnas de un pueblo depauperado permitieron comprar, ramo que al final se marchitaría inexorablemente como cualquier otro.

pd: Queda por confirmar si en la memoria de mis contemporáneos aún queda algo más por agregar o corrección que realizar, al fin y al cabo han pasado aproximadamente 15 años desde el evento que narro el día de hoy.

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